Proyecto: David Jiménez + Salvador Ortiz

La convulsa realidad económica de los últimos años, fruto en buena medida de la llamada “burbuja  inmobiliaria”, ha dado lugar a que se contemplen las rehabilitaciones y restauraciones de edificios como una buena opción para dar continuidad al sector de la construcción. Esto, hace imprescindible que nos planteemos ¿qué debemos restaurar y cómo debe abordarse dicha intervención?

El concepto de protección y salvaguarda se origina en el Renacimiento, junto con la valoración de pasado cultural como un tiempo mejor, aunque sufre una revisión importante en el siglo XVIII motivada por dos hechos históricos: la Primera Revolución Industrial y la Revolución Francesa. La primera supone una aceleración y crecimiento en el inventario , fijando las bases de la actual globalización cultural. La segunda es la causante de la existente visión ultraconservacionista y poco crítica que predomina entre los proyectos de intervención. Además, durante la Revolución Francesa se produjeron gran cantidad de ataques y actos vandálicos contra obras de arte y antigüedades, al considerarlas ostentaciones que ofendían al pueblo empobrecido y a la República. Así, el término “Patrimonio” se introduce con posterioridad, para evitar la destrucción de objetos de valor en caso de nuevos enfrentamientos. Muestra de ello es que los dos documentos de fundación del movimiento moderno de conservación (la Carta de Atenas de 1931 y la Carta de Venecia de 1964) definan la conservación como inacción, lo cual contrasta con la idea de producción  arquitectónica. En estos documentos se definen normas para la “no-transformación”, “movimiento” ni “nuevas construcciones”. Con el tiempo la escala de lo intervenido se ha ido ampliando y las restricciones politizando. Esto conlleva el  establecimiento de criterios endebles, que se modifican continuamente atendiendo a intereses ajenos al hecho arquitectónico.

El abandono de la parcela, motivado por las modificaciones respecto a lo que se considera objeto de protección, ha provocado el deterioro paulatino de los inmuebles, primero inhabi(li)tándolos, hasta finalmente hacer de alguno de ellos una mera valla publicitaria. Llegados a este punto, se nos plantea qué es lo que convierte a nuestras obras en arquitectura y cuando dejan de serlo para convertirse en iconos que alimentan cierto merchandaising. Descartamos re-llenar el territorio recuperado en favor de una nueva estructuración, que devuelva el casco histórico a sus verdaderos fundadores, sus habitantes, con una intervención de baja densidad y proponiendo un nuevo icono turístico. Un globo aerostático que sirva de hito para orientar a los visitantes, y que pueda actuar a modo de mirador errante, ofreciendo nuevas perspectivas de la ciudad. No pretendemos eliminar la memoria urbana, sino replantear el modo en que ésta debe permanecer.

El Mito de Ícaro o ¿Por qué un globo?

Proponemos un globo como paradigma de la atracción del hombre por superar sus limitaciones, como objeto que resume el anhelo por un futuro distinto, en contraposición a las posturas románticas que protegen restos del pasado, sin ningún planteamiento crítico respecto del mismo. Con él, se propone ampliar el imaginario turístico de la ciudad portuguesa, apoyando también el programa de punto de información turística al actuar como indicación del mismo y como mirador ambulante. Del mismo modo, el diseño del globo aerostático y la pequeña edificación servirán de soporte para la publicitación de los eventos culturales y de interés.

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